THE VIEW FROM UP HERE
Dicen que la inspiración no llega siempre, pero que nuestro trabajo consiste en practicar lo suficiente para hacer de nuestra mente un lugar cómodo para que pueda quedarse.
LAS VISTAS DESDE AHÍ ARRIBA.
Comienza el día a hacerse corto, más oscuro y menos sano, quizá solo sea el fenómeno de la Tierra girando alrededor de su estrella o quizá es el avance lento y doloroso hacia el que me estoy precipitando. A veces creo que quiero buscar fuera el significado de lo que llevo dentro, como si el mundo pudiera explicarme a base de las hojas de los árboles que observo mientras pierden su verdor, o en los niños pequeños que caminan de la mano de sus mayores que temen un accidente sin pararse a pensar cuánto daño hacen ellos. Todo eso observo desde aquí. Toda clase de locuras y sonidos que pasan por mi cabeza que no hay nada que suceda en la realidad que no pase por el filtro de mi mente, mi imaginación y, con un poco de suerte, mi aceptación cuando lo relea.
Me entristece pensar que cada vez hay menos árboles cerca, que batallo cada día buscando una esquina bonita, tierna y virgen en la que fotografiar la naturaleza viva o muerta, no me importa, cayendo en la cuenta de que no sólo se hace más difícil sino menos vivo; aunque no dejo de encontrar caminos desconocidos a lo lejos que prometen ser mi nuevo oasis; parece que piden su presencia como si pudiera yo aportar algo más de lo que tengo o de lo que carezco ¿Cómo podría yo cambiar lo que existe si no cambio lo de dentro? o ¿Qué hay dentro si todo lo que soy es lo que existe? Son dudas que tengo, aparecieron exactamente hace un año y dos meses pero parecen quedarse para siempre.
Huelo a menta cuando abro la ventana porque me estaba matando no sentir el dióxido hacerse oxígeno, lo buscaba aunque no lo note en cada respiración porque, al final del día, es mi metáfora simple y sencilla que explica que cualquier mal no sólo tiene bien en su interior, sino que en su cambio está latente la oportunidad de hacerse posible al amanecer.
Cada día dos tramos de escaleras para llegar a lo que llamo hogar, casa o vivienda, he aprendido el camino y lo puedo hacer a ciegas aunque no mirar no evite el cansancio. Intento recordarlo cuando no puedo más, cuando aún quedan unos metros antes de la cima donde se encuentra mi árbol favorito de la ciudad, es simple y muy verde (aunque no sé si más verde que los demás, no voy a juzgar, no tiene sentido comparar lo que tu corazón ha sentenciado como real). Cuando nadie mira lo abrazo y puedo sentir que por mi venas corre savia y por las suyas azúcar de más. Es un intercambio equivalente, todo lo que crece en altura, lo profundiza en el suelo, nadie va a poder moverme si me mantengo frágil y laxa. Hace poco, tan solo unos meses, aprendí de Oriente que la dureza solo rompe y que solo lo dúctil se mantiene. Me gusta pensar que puedo llegar alto, sobre todo porque el suelo ya lo conozco. Yo no puedo sepultarme en la tierra, aún no ha llegado mi momento. Caí en la cuenta de que solo hay una dirección y quizá no sea la respuesta pero el tacto del aire y el frío cala más ahí arriba. Me gusta eso. Me siento en casa fuera de ella, me encuentro en cada copa y en todo lo que me conforma.
Todo eso veo desde aquí arriba, todo lo que no puedo abarcar con la mirada, todo lo que espero por conocer y nada de lo que tengo a la espalda. Así funciona la vida, te da y nunca te quita pero te vacía la oportunidad de revivirlo cada día. Debe ser así, el todo solo le pertenece a una persona y a todos valorarlo. Solo veo una masa de ladrillo anaranjado delante si miro a mi derecha pero, entonces, ¿qué es todo lo que he narrado antes? Eso es lo que observo si mis ojos caen enfermos y tengo que guiarme por lo incierto.
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