La virtud en la lista equivocada.

La primera vez que fui a terapia, mi psicóloga me preguntó tres virtudesy tres defectos; de la segunda lita no fui capaz de menciona nada; en la primera sí. O quizá me equivoqué de lista. Dije: perfeccionista.
Una de las razones de ir al médico era por la sensación de sentirme paralizada. Con muchas ganas de hacer algo, como mucho input, pero poquísimo output -como dijo mi hermana.
Además de problemas motivacionales de los que nunca era responsable, sino que necesitaba a alguien presionandome para hacer algo que solo a mí me convenía y que solo yo podía hacer, además de el hecho de que aquella virtud me estaba quitando la vida.

Perfeccionismo.
Algunos dirán que es lo mejor que puede pasarte, y con algunos me refiero a todos y cada uno de los profesores de mi infancia. Yo digo que fue mi pozo, mi perdición y mi adicción.
Desde pequeña he destacado dibujando, no sé cómo ni por qué, pero se me daba bein (quizá fuera al copiar a mi hermana o el hecho de pasarme las tardes practicando; personalmente estoy en contra de la idea de que tus capacidades son divinas y aparecen en forma de don); sea como sea todo el mundo esperaba eso de mi. Que lo hiciera bien. Aún recuerdo como me salté un día entero de clases para ayudar a mis profes y alumnos más mayores a dibujar un mural sobre El Quijote para la semana Cervantina. Quedó estupendo.
A donde quiero llegar es que esa presión sobre mí misma se tradujo, no en simple adulación sino en obligación. Yo partía de la base de hacerlo todo bien, a partir de ahí solo podía mejorar.
Y todo fue bien. Ese pensamiento corrosivo me ayudó a aprobar todo bachillerato y más tarde mi grado superior, pero también me provocó una úlcera de estómago debido al estrés. Pero ese es otro tema.

Cuando terminé los estudios ya no tenía nadie a quien demostrar mi capacidad o al que superar. Era yo contra el mundo. Dejé de fotografiar, dibujar, escribir... ¿por qué? preguntaréis, bueno, mi cerebro, mi persona y sobre todo la visión que tenían de mí y mi propia reputación desviviéndome por mantenerla lo tenía claro: o lo haces perfecto o no lo haces.
En otro contexto la práctica hubiera conseguido alcanzar lo que tanto añoraba, de hecho, los ejercicios de clase contaban como práctica y podía ver trabajo tras trabajo cómo iba creciendo y avanzando en la materia. Era estupendo. Hasta que no lo fue. No tenía trabajos que entregar ni calificación numérica que superar o título que adquirir. Y lo dejé. Lo dejé todo.

Y luego todo se alineó.
Hablar con mi mentor, escuchar The Sound de The 1975 y descubrir la filosfía epicúrea y estoica a través de esa canción y encontrar calma, darme espacio, recordar a mi mentor, leer libros sobre creativida basados en dios siendo yo muy atea, prohibirme olvidar a mi mentor y leer El Poder Del Ahora entre muchas otras cosas que no merecían mi tiempo, consiguieron establecer una dirección. Quizá no tenía meta, pero tenía rumbo. 

Con el tiempo fue indagando. Poco a poco. Y las palabras fueron tomando significado. Seguía sin hacer nada, es cierto, pero ya no me martirizaba por perder el tiempo que podía estar invirtiendo en ser perfecta. Me puse límites. Mis propios límites. A partir de ese momento mi calidad iba a pasar primero por mis manos y después por las del resto y no iba a aceptar las opiniones de los segundos. Me propuse recoger y juntar y ordenar todo lo que había escrito años atrás, volví a escribir. Me gustó lo que escribía. ODIABA lo que escribía, pero ahí estaba, escrito. Caí en la cuenta de que no puedes rechazar lo que no existe, y eso también se aplicaba a mi trabajo. Y con esta estúpida y destructiva excusa lo estaba haciendo, estaba yendo a la biblioteca y estaba aguatándome a mi misma leyendo basura de hace años soportando que eso era lo que había y que no estaba bien, pero era algo. Y algo siempre es mejor que nada, porque nada consume más que el vacío.

También recordé el tatuaje que Louis lleva estribo en el pecho, it is what it is. Simple y conciso.
Si no podía luchar contra lo que no existía tampoco podía hacerlo contra lo que sí lo hacía. Estaba en medio de la batalla, desarmada y por primera vez no era el enemigo, era mi propio espectador. Y aprendí el significado de empatía el cariño y la redención.
Solo tenía esto. El presente. La línea en la que tebía el cursor y la perspectiva de todo el folio. Simplemente eso.
Mi mente hizo referencia a aquel refrán espapol que explicaba que si tienes un problema y no tiene solución, no tienes un problema. Asumir la pérdida; no porque no duela sino porque el dolor lo da lugar a ganancia.

Más tarde encontré mi otro mantra tatuado en el interior del labio de Matty, justo donde se borran los tatuajes: wabi-sabi, cuyo término es mejor que investiguéis en google pero quiero quedarme con sus tres bases: nada dura en el tiempo, nada está acabado y nada es perfecto. Y aprendí a vivir con ello, pero sobre todo, a pesar de ello.
Dice Eckhart Tolle que cuando haces algo el miedo desparece, porque la concnetración en esa tarea eclipsa todos tus pensmaientos y el autosabotaje y creo que, cuando todo eso falla tampoco pasa nada, porque no existe cosa destinada a la eternidad o que tenga cabida en la perfección. Ahora lo sé. 

A día de hoy lo sigo intentando. Hace tiempo que decidí tatuarme ambos conceptos, wabi-sabi en el trabjo izquierdo -soy zurda; para que me recuerde que todo lo que haga tiene que coexistir con esos tres principios y it is what it is en el derecho, para asumir que con esa mano soy incapaz de hacer nada, y que tengo que vivir con todo aquello que no pueda cambiar. A día hoy y tras varios años de llegar a esa conclusión, sigo sin habérmelo tatuado porque sigo buscando un tipo de letra que me guste, el lugar adecuado y el tatuador correcto; necesito que quede perfecto porque, bueno, nadie dijo que yo no tuviera contradicciones.

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